sábado, 11 de julio de 2009

Actas de defunción eran las de antes


Expedientes "Sanata con clase" está en condiciones de afirmar que el alcalde Rodríguez habría sido objeto de inspiración de conocido dibujante argentino para su personaje de "El Comisario".


A continuación, las pruebas:

miércoles, 25 de febrero de 2009

Personajes de la city: el impuntual


RINNGGGGGGGGGGGG RINNNNNNNNNNNNNG RINNNNNNNNNNNNNNG!!!(*) Bueno, ya vaaaaaaaaaaaaaa!!! Mmmmmmmmmmmbuahhhhhhhhhhhh... que fiacaa! Mejor me quedo un ratito más…zzzzz…zzz... NOOOOOO!!!!! ¡Pero que hacésss! Basta basta fuerza vamooosss! Vamos que hoy sí es el día: A PARTIR DE HOY NO LLEGO MAS TARDE AL TRABAJO. A ver a ver…si, las siete y media…tengo más de una hora para salir de casa, toda una eternidad…

Sesenta y cinco minutos más tarde…

¡¡¡Pero cómo puede ser!!! Son menos veinte y todavía no me vestí ni me puse talco en los zapatos! ¿Me podés decir para que m… me quedé a mirar el informe de canal 9 sobre las uñas postizas para gatos??



Y ahí va el “impuntual”… frente arrugada, cejas en v, celular en mano y a golpazo limpio a cuanta puerta encontrare a su paso (la de casa, ascensor y/o calle). Ya en la vereda, sin perder de vista el ojo en la pantalla del móvil pero no así en su bragueta -que olvidó subir- parece estar listo para el primer gran desafío: los cien metros llanos hacia la boca del subte. Comienza con un paso ligero, luego le sigue un trote medido y finaliza en largas zancadas. Pero el intento de parecerse al jamaiquino Usain Bolt,



queda trunco por dos principales escollos: la inapropiada indumentaria de oficinista y el habitual estado de las calles porteñas.
Bajo tierra ocurre lo impensado…en Noruega (por poner un sólo ejemplo primer mundista). Los minutos pasan, los pasajeros empiezan a multiplicarse en el andén, y el aire acondicionado, perdón, los ventiladores no dan abasto para enfriar tanta calentura…
Y el Bolt argentino? Descalificado por doping: desconsolado e irritable.
Pero es ahí, bajo ese terrible cuadro de presión y adrenalina donde aflora instantáneamente el recurso principal de todo impuntual: el caudal inacabable de “excusas”, a saber: “Mi familia se llevó mi llave y me quedé encerrado. Tuve que esperar a que vuelvan a abrirme” ; “No sonó el despertador” (clásico); “No me sentía bien, iba a pedir médico pero al final decidí venir”; “Me tuve que volver porque me olvidé unos estudios y hoy tengo turno con el médico”; “Me robaron” (acá se debe agregar una breve crónica policial); “Problemas personales” (acá se debe dar a entender que sucedió algo que no querés contar, que es muy privado, y te evitás tener que inventar algo) ; “Se me rompió la cerradura (o algo importante de la casa); Me caí en la calle, me rompí el pantalón y tuve que volver a cambiarme”; “Me cambié de traje y me olvidé la tarjeta de ingreso, por eso no pude fichar (de gran éxito)”; etc, etc, etc…



Mientras se apresta a seleccionar la adecuada para el día, una robótica voz femenina anuncia la demora de la formación por “inconvenientes técnicos”. Las quejas, insultos y algún que otro comentario suspicaz sobre el
polémico proyecto del tren bala del Gobierno se entremezclan a la vera de las vías. Pero lo que es una mala noticia para la mayoría, es toda una bendición para el anti-horarios: el comprobante de demora de la línea significará una justificación irrefutable.

No. Ya no importará entrar haciendo scrum al interior del vagón, cual subte asiático



inhalar la exhalación de un fumador y escuchar música cumbiera de algún indeseable auricular. Ya no importará el caos generado en cada estación con el ascenso y descenso de la masa trabajadora.
El "impuntual" definitivamente ya es otra persona. Inflando pecho se acerca a la ventanilla, retira su comprobante, mira la hora con una mueca sobradora y se dispone a transitar los últimos metros finales hacia la meta. Eso sí, ya no con el traje de un atleta sino con el del típico turista nórdico: gordo y con bermudas, a paso lento y displicente.

En su rostro ya no hay marcas de arrugas ni cejas fruncidas. Hasta aquella bragueta que nunca advirtió subir parece sonreir de punta a punta.


(*) O cualquiera de los miles de sonidos posibles de usarse como despertador.