sábado, 4 de abril de 2015

Xenofobia, vergüenza nacional


Días atrás mantuve una charla telefónica con una persona a quien conozco desde hace tiempo y con el que solemos compartir ricas charlas futboleras.

Sin esperarlo, la cordialidad habitual que caracterizaba ese intercambio de opiniones se diluyó cuando salieron espontáneamente otros temas.

Mas allá de las diferencias ideológicas, que son válidas y respetables, hay algo que logra realmente poner a prueba mi moderación y paciencia habituales: la xenofobia.

"Habría que cerrar las fronteras para que no entre nunca más ningún boliviano, paraguayo, peruano, que son todos negros de m... que vienen a delinquir y a sacarle trabajo a los argentinos" fue tan sólo una de las frases que este hombre largó como llamaradas de odio.

Estaba más que claro que este "defensor de la causa nacional" no supo (o si lo sabía se olvidó) que estaba hablando con alguien cuya madre y gran parte de su familia es paraguaya, lo cual no se lo hice recordar hasta que se encontrase en las profundidades de un pantano bien espeso y profundo.

Cuando mi aclaración y réplica llegaron, cualquier intento de retractación ("me entendiste mal", "te estaba cargando", "no me refería a los inmigrantes de hace 30 años atrás sino a los que vienen ahora" (?)) fue en vano, por lo que no tuvo más remedio que despedirse abruptamente.

A pesar de esta anécdota poco feliz, personas con este tipo de pensamiento existen y seguirán existiendo en todo el mundo, independientemente de la clase social a la que pertenezcan. Mi esperanza es que sean siempre los menos. Y para que esto suceda mucho ayudará que aquellos que condenan la xenofobia y el racismo decidan combatir ese odio no con las mismas armas sino con herramientas argumentativas que llamen a la reflexión, a dejar de lado tanto prejuicio, a interesarse en conocer la realidad de aquellos que dejan su tierra natal y su familia, de conocer la cultura que traen consigo y ofrecer la propia. En definitiva, mirar un poco mas allá del propio ombligo.

Para terminar les regalo este cuento de mi autoría donde ficción y realidad se entremezclan de forma permanente.

La riqueza… del alma

Algo despertó curiosidad a todos los vecinos del barrio más cerrado y exclusivo de la zona aquella mañana de sábado. Un camión de mudanzas se había estacionado frente al edificio de la cuadra. La descarga de muebles,  casi todos de dudosa calidad, indicaba el arribo de un nuevo habitante.
La incertidumbre comenzó a invadir a todos los que estaban expectantes de ese acontecimiento. Los peones prácticamente habían concluido con su tarea y aún no se sabía quiénes eran los flamantes vecinos. Jorge Mc Kenzie, reconocido médico y uno de los más antiguos vecinos del barrio, no se aguantó y camino a su footing matinal se detuvo a preguntar.
- Disculpe, buenos días- le dijo  a uno de los que estaba ayudando en la descarga.- ¿Los nuevos vecinos cuando llegan?
- Ya está aquí- respondió el sujeto, de baja estatura y con tonada y rasgos norteños.
- ¿Y dónde está?
- Frente a Usted- sonrió amistosamente el nuevo vecino estrechando su mano. “Mucho gusto,  Erwin Mamani, para servirle”.
Mc Kenzie no pudo disimular su sorpresa, mientras lo saludaba. Jamás hubiera imaginado que a quien se había dirigido y que confundió con uno de los peones del flete, era el recién llegado.
Es que Erwin no tenía un aspecto afín al barrio. Era boliviano oriundo de Potosí y de una condición socio económica notoriamente humilde.
No fue sólo el doctor quién se preguntó cómo Mamani podría vivir en ese lugar tan caro. Pero así  y todo nadie se atrevió a consultárselo. Muy por el contrario, lo que sí empezó a correr de manera automática fueron los comentarios xenófobos. “¿Qué hace este morochito acá, no había lugar en la villa?”. “Lo único que falta es que nuestro barrio se convierta en una sucursal de Liniers”.
Mamani trataba de hacer oídos sordos a esos ataques a la dignidad. El podría haberlo explicado. Que siendo obrero de la construcción en su último trabajo su patrón, un arquitecto adinerado muy conforme con él no sólo decidió darle  una buena recompensa económica sino que le prestó uno de sus departamentos para vivir de manera eventual hasta que se estableciera en la gran ciudad y consiguiera un lugar por su cuenta. Pudo haberlo explicado pero nadie se lo preguntó. En realidad nadie se le acercaba, excepto aquella familia compatriota que tenía una verdulería dentro del supermercado chino situado en los límites del barrio. Tampoco se lo veía mucho. Se levantaba muy temprano, a las 4 de la mañana y llegaba muy avanzada la noche.
Erwin tenía 26 años y como muchos compatriotas decidió cruzar la frontera en busca de un trabajo que le permitiera ayudar económicamente a sus padres y hermanos. Por suerte, la oportunidad no le tardó en llegar y a seis meses de pisado el suelo argentino ya tenía un empleo fijo y otros extras. Era muy bueno en lo suyo.
Una noche, de regreso luego de una dura jornada que duró hasta la medianoche, Erwin vio algo muy extraño a pocas cuadras de su edificio. Mientras el barrio entero dormía, dos personas metían varias bolsas en una camioneta estacionada frente a una lujosa casa. Se escondió detrás de un árbol y no dudó en llamar al 911 desde su celular. 
La acción tuvo un rápido efecto. La policía llegó en 2 minutos y logró detener lo que era un delito casi consumado. Había sido un intento de robo y los rehenes, maniatados en la cocina, el mismísimo Dr. Mc Kenzie y señora.
Cuando Erwin se acercó al lugar del hecho, uno de los uniformados lo miró con desconfianza.
- Buenas, yo soy el que llamó, dijo Mamani.
- Bien, deberá acompañarme.
Sin entender el motivo pero tampoco sin oponerse, subió al patrullero.
Las preguntas inquisidoras que le hicieron en la comisaría,  no parecían ubicarlo como testigo, sino increíblemente como un presunto cómplice o sospechoso.
“¿Ud, conocía a los delincuentes?” “¿De dónde es?” “¿A qué se dedica?” “¿Dónde vive?” “¿Qué hace en sus tiempos libres?” “¿Tiene familia acá?” “¿En qué lugares frecuenta?”.
Finalmente, luego de dos horas de interrogatorio, el comisario le estrechó la mano y con gesto serio le dijo: “Bien Sr. Mamani, puede retirarse”. El agradecimiento brilló por su ausencia.
La familia Mc Kenzie, aún con el miedo a cuestas pero feliz por conservar su valiosas pertenencias,  nunca supo la verdad de cómo se había logrado impedir el asalto. Hasta que su empleada doméstica se los contó luego de que se enterara a través de Oscar, el verdulero del supermercado chino.
La sorpresa de Jorge Mc Kenzie fue muy grande, y rápidamente averiguó su domicilio para ir a entregarle un obsequio, algo que sin embargo esperó hacer recién al día siguiente, porque por ningún motivo los domingos se perdía sus días completos de prácticas de golf.
Cuando ese frío mediodía del lunes se acercó con un regalo al edificio donde vivía Mamani, tocó el timbre del portero eléctrico en el 8º F, pero nadie respondió. Luego de insistir varias veces, se dio por vencido y decidió volver a intentar más tarde. Pero Manuel, el encargado, lo detuvo.
 - Disculpe doctor, ¿a quien busca?
 - A Erwin Mamani, él vive en el 8º F,¿no?
- Sí, el vivía allí. Pero lamento decirle que el Sr. Mamani falleció esta mañana. Acabo de enterarme.
 - Pero ¿qué le pasó?
- Me contaron que se sintió muy mal anoche, y a la madrugada se fue a hacer la cola para hacerse atender en el hospital, porque dan pocos números, ¿vio?, así que se quedó esperando toda la noche. No se sabe  si murió de frío o de la descompensación que tenía. 
La garganta de Mc Kenzie se ennudeció. Pero las últimas palabras del portero fueron el golpe de gracia.
- Tal vez si lo hubieran atendido a tiempo, hoy estaría recibiendo su regalo...




sábado, 11 de julio de 2009

Actas de defunción eran las de antes


Expedientes "Sanata con clase" está en condiciones de afirmar que el alcalde Rodríguez habría sido objeto de inspiración de conocido dibujante argentino para su personaje de "El Comisario".


A continuación, las pruebas:

miércoles, 25 de febrero de 2009

Personajes de la city: el impuntual


RINNGGGGGGGGGGGG RINNNNNNNNNNNNNG RINNNNNNNNNNNNNNG!!!(*) Bueno, ya vaaaaaaaaaaaaaa!!! Mmmmmmmmmmmbuahhhhhhhhhhhh... que fiacaa! Mejor me quedo un ratito más…zzzzz…zzz... NOOOOOO!!!!! ¡Pero que hacésss! Basta basta fuerza vamooosss! Vamos que hoy sí es el día: A PARTIR DE HOY NO LLEGO MAS TARDE AL TRABAJO. A ver a ver…si, las siete y media…tengo más de una hora para salir de casa, toda una eternidad…

Sesenta y cinco minutos más tarde…

¡¡¡Pero cómo puede ser!!! Son menos veinte y todavía no me vestí ni me puse talco en los zapatos! ¿Me podés decir para que m… me quedé a mirar el informe de canal 9 sobre las uñas postizas para gatos??



Y ahí va el “impuntual”… frente arrugada, cejas en v, celular en mano y a golpazo limpio a cuanta puerta encontrare a su paso (la de casa, ascensor y/o calle). Ya en la vereda, sin perder de vista el ojo en la pantalla del móvil pero no así en su bragueta -que olvidó subir- parece estar listo para el primer gran desafío: los cien metros llanos hacia la boca del subte. Comienza con un paso ligero, luego le sigue un trote medido y finaliza en largas zancadas. Pero el intento de parecerse al jamaiquino Usain Bolt,



queda trunco por dos principales escollos: la inapropiada indumentaria de oficinista y el habitual estado de las calles porteñas.
Bajo tierra ocurre lo impensado…en Noruega (por poner un sólo ejemplo primer mundista). Los minutos pasan, los pasajeros empiezan a multiplicarse en el andén, y el aire acondicionado, perdón, los ventiladores no dan abasto para enfriar tanta calentura…
Y el Bolt argentino? Descalificado por doping: desconsolado e irritable.
Pero es ahí, bajo ese terrible cuadro de presión y adrenalina donde aflora instantáneamente el recurso principal de todo impuntual: el caudal inacabable de “excusas”, a saber: “Mi familia se llevó mi llave y me quedé encerrado. Tuve que esperar a que vuelvan a abrirme” ; “No sonó el despertador” (clásico); “No me sentía bien, iba a pedir médico pero al final decidí venir”; “Me tuve que volver porque me olvidé unos estudios y hoy tengo turno con el médico”; “Me robaron” (acá se debe agregar una breve crónica policial); “Problemas personales” (acá se debe dar a entender que sucedió algo que no querés contar, que es muy privado, y te evitás tener que inventar algo) ; “Se me rompió la cerradura (o algo importante de la casa); Me caí en la calle, me rompí el pantalón y tuve que volver a cambiarme”; “Me cambié de traje y me olvidé la tarjeta de ingreso, por eso no pude fichar (de gran éxito)”; etc, etc, etc…



Mientras se apresta a seleccionar la adecuada para el día, una robótica voz femenina anuncia la demora de la formación por “inconvenientes técnicos”. Las quejas, insultos y algún que otro comentario suspicaz sobre el
polémico proyecto del tren bala del Gobierno se entremezclan a la vera de las vías. Pero lo que es una mala noticia para la mayoría, es toda una bendición para el anti-horarios: el comprobante de demora de la línea significará una justificación irrefutable.

No. Ya no importará entrar haciendo scrum al interior del vagón, cual subte asiático



inhalar la exhalación de un fumador y escuchar música cumbiera de algún indeseable auricular. Ya no importará el caos generado en cada estación con el ascenso y descenso de la masa trabajadora.
El "impuntual" definitivamente ya es otra persona. Inflando pecho se acerca a la ventanilla, retira su comprobante, mira la hora con una mueca sobradora y se dispone a transitar los últimos metros finales hacia la meta. Eso sí, ya no con el traje de un atleta sino con el del típico turista nórdico: gordo y con bermudas, a paso lento y displicente.

En su rostro ya no hay marcas de arrugas ni cejas fruncidas. Hasta aquella bragueta que nunca advirtió subir parece sonreir de punta a punta.


(*) O cualquiera de los miles de sonidos posibles de usarse como despertador.

domingo, 26 de octubre de 2008

Hortensio se enamora

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A pesar de ser considerado un niño con una tardía madurez, a Hortensio también le llegó el amor. Más aún, en este terreno el muchacho de Longchamps sí que fue todo un adelantado: tenía apenas diez años cuando recibió el flechazo de Cupido. La afortunada -o víctima- en cuestión fue su compañerita de sexto, Natalia.

Naty no era la niña más linda del grado pero tenía sus encantos. Era una de las más altas y a su rostro regordete lo adornaban dos enormes ojos verdes, interminables pecas y corte de pelo carré.
 
El contexto no podía ser el mejor. Promediaban los ’80 y por ese entonces la organización de “asaltos” era una moda en pleno auge entre la juventud.
Aclaración. La referencia no es para los actos delictivos, que rigen con todo éxito en 2008 y luchan por permanecer. Eran llamadas así a las reuniones matinée en casa de algún compañero donde, por lo general, la comida quedaba a cargo del elenco femenino y la bebida del masculino. Por supuesto, como la música era un elemento imprescindible, varios de los concurrentes aportaban su material, por supuesto en casettes, de las bandas top del momento. Así, durante el transcurrir de la tarde-noche se sucedían The Police, con hits como “I can’t stand losing you”,




The Cure, Ahá, U2, la joven Madonna, y grupos locales como Virus, Los Abuelos de la Nada, Los Fabulosos Cadillacs -con “Mi novia se cayó en un pozo ciego”- y Los Pericos –con su primer hit “El ritual de la banana”.


Al final del festín, los infaltables “lentos” como “I should have know better” de Jim Diamond, aparecían con toda su fuerza, oportunidad inmejorable -sino el único- para materializar cualquier coqueteo previo y conseguir el beso de alguna niña.



Por todo lo señalado, los asaltos tenían los condimentos necesarios para que el corazón de los prepúberes experimentara sus primeras aceleraciones. Un claro ejemplo fue el niño Hortensio Pavone.

Desde el primer asalto en casa de Jimena, Tomate quedó flechado con Natalia a tal punto que desde entonces no pudo dejar de pensar en ella. Se sentía extraño; no era para menos: nunca había experimentado algo así con otra persona que no fuera su mamá, algo así, tan manifiesto, tan fuerte, tan real. 

Pero no era sólo la inexperiencia el único obstáculo a superar. Tomate era tímido en exceso, algo que quedó en evidencia aquella primera vez en que invitó a Naty a bailar. Sus palabras se pronunciaron en un dialecto indescifrable, dada su tartamudez, y al momento del baile, sus pasos eran tan rígidos y fuera de ritmo que parecía un árbol sacudido cada tanto por alguna ráfaga de viento…

Esa timidez le impidió decirle a Naty lo que sentía por ella. Pero rápidamente encontró un canal de expresión alternativo: la escritura. Hortensio se mostró cómodo con este método y comenzó a hacer sus primeros jueguitos de palabras en cualquier lugar donde podía:


Luego incorporó los “te quiero” y unos cuantos piropos efectistas.


Tarde o temprano estas reiteradas muestras de amor fueron conquistando el corazón de Naty. Y fue así que las respuestas no se hicieron esperar. Hortensio también empezó a recibir cartitas de ella…

El momento soñado ocurrió en el asalto de Florencia. A pedido general de los presentes -porque el jamás se hubiera animado a tomar la iniciativa- el choque de labios al fin se produjo, lo que significó para Hortensio, dar inicio a su primer noviazgo, sacando a su madre, por supuesto.

Sin embargo, a pesar de tener la situación bajo control, Hortensio siguió sin poder controlar su timidez y salvo en los asaltos, donde con temas de fondo como “Lady in red”, de Chris de Burgh o “Take my Breath Away”, de Berlín, se animaba a intercambiar algunas palabras o cariños con Naty, mayormente seguía comunicándose con ella por escrito.


Sólo una vez Tomate la invitó a su “novia” a tomar un helado. Pero no le fue nada bien. Primero porque no fue él el que la llamó por teléfono sino su madre –no se animó-. Segundo, porque ella estaba engripada…

El fin de la relación, por la evidente falta de recursos por parte de Hortensio, se tornaba previsible. Pero no para el escritor de cartitas que lejos de darse cuenta, seguía felizmente enamorado.

Hasta que un día la burbuja explotó. En el asalto de Mariana, llegó más tarde que de costumbre y descubrió a Naty con Federico, dándose un beso muchísimo más apasionado que los piquitos inocentes, cortos y secos que se daba con su ahora “ex”, quien evidentemente había decidido pasar a otra etapa de experimentación…

Fue así como Hortensio pasó en pocos meses de ser el novio más joven de la escuela a ser el cornudo más joven de la historia de la humanidad.



domingo, 19 de octubre de 2008

Soledad


Soledad difícil de llevar,
soledad difícil de controlar,
soledad déjame desnudar,
el lugar donde quiero estar;

Soledad con miedo,
soledad con sueño,
soledad ya no mires al suelo
y juguemos al duelo;

Soledad sin sonrisa,
soledad no querida,
soledad ya me tienes unida
a la venganza de la vida;

Soledad sin ladrar,
Soledad sin calmar
Soledad imposible de aplacar
déjame un poco respirar.


Alet*


*Gracias por haber compartido con Sanata... este poema escrito a los catorce años.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Algunos consejos para ascender a ¡Jefe!


Las hay mujeres; los hay hombres; los hay altos, petisos, gordos, narigones, pelados… Jefes hay de distintos tipos y personalidades. Sin embargo, y a pesar de las diferencias, esta raza particular tiene ciertas características generales que las identifica y que constituyen elementos imprescindibles de ser incorporados (*).
A continuación, un decálogo de pasos a seguir para aquel aspirante a ocupar ese lugar privilegiado:
1 - Sea lo más alcahuete que pueda a cualquier superior. En otras palabras, chúpele las medias (o lo que Ud. crea conveniente).
2- Practique gestos frente al espejo que parezcan que presta atención a los reclamos de sus subordinados. Combínelos con gestos de compasión y compromiso. Total, sólo son gestos, no acciones.
3- Estudie vida y obra de los políticos más representativos de su país. Son verdaderos ejemplos de cómo llegar a la cima con habilidad y descaro.
4- Mienta, dónde y cuanto pueda; tenga presente que cuando ocupe el sillón la hipocresía será su alimento diario.
5- Practique seguido con su mascota lo siguiente: Amague que la va a dar algún alimento símil galletita pero haga sólo el movimiento de lanzamiento. Salvando las distancias es exactamente lo que va a hacer luego con su gente, por ejemplo, ante reclamos salariales.
6- Sepa también que para sus empleados tendrá que tener respuesta para todo, aunque la mayoría sean incoherentes; lo importante es desairar y/o dejar sin palabras a su interlocutor.
7- Ojo, de vez en cuando serán puestos a prueba sus conocimientos, por lo tanto seleccione varios libros didácticos para tener en su futuro despacho y sobre todo, un buen asesor de carne y hueso.
8- Distánciese poco a poco de gente de clase social media y/o baja, que por lo general se reparte entre una posible competencia o directamente está condenada al fracaso. Piense que cuando alcance “el podio más alto”, ya esa gente pasará a ser inferior cuando no invisible. De ahí en más Ud. será de la elite y por lo tanto sólo establecerá relaciones con gente de su casta.
9- Tenga presente que esa gente inferior deberá ser tratada a su vez con indiferencia, indignación y prepotencia. Desde la cima Ud. comprobará que la esclavitud en realidad nunca se ha abolido.
10- Si en un momento se siente perdido, falto de confianza, débil, e incrédulo sobre el camino tomado, aférrese fuertemente a los pecados capitales. La práctica de la soberbia, la ira, la envidia, las avaricia, entre otras, le otorgarán una vía rápida para llegar al objetivo soñado.
Estos son sólo algunos aspectos a tener en cuenta. Desde ya, Sr. lector, puede dejar su aporte, a partir de su propia experiencia, tanto como jefe o como víctima.

(*) Siempre hay excepciones a la regla. Lo que se espera es que de alguna vez por todas esa minoría deje de serlo, pues existen, aunque no lo parezcan, verdaderos líderes positivos, y con armas no tan "dañinas".
Dedicatoria especial: A mi amigo chileno, de quien recordé al subir la foto una de sus frases más conocidas: “Nooo, disculpe, pero esa mano no es franca”.

sábado, 2 de agosto de 2008

Mi nombre es Hortensio

Esta es la historia de un muchacho poco afortunado. Ya de entrada, sus padres, los Pavone, amantes del cultivo de vegetales, frutas y hortalizas en su propia casa de Longchamps, no tuvieron mejor idea que ponerle Hortensio. Sí, como se lee, Hortensio Pavone, a secas, sin segundo nombre. Seguramente se preguntarán por qué condenaron así a su hijo. Bueno, eso es algo que ni Estanislao de la Cruz Pavone, ni Dionisia Petrona Villa de Pavone, jamás aclararon. Pero de todos modos, para los suyos siempre fue “Tomate”, no sólo por el color al que tornaban seguido sus mejillas sino por la dificultad que generaba armar un apodo con su nombre, pues ni “Horti”, ni “Tensi”, ni mucho menos “Pavo” o “Pavito” parecían apropiados.

Así, con esa pesada carga, empezó a transitar por el mundo Hortensio “Tomate” Pavone. Hijo único, se crió en esa vivienda del sur del Gan Buenos Aires, una casa blanca, baja y pequeña en superficie, pero con un gran terreno en el fondo donde se hallaba la huerta, aquella que autoabastecía a toda la familia. 

Tomate fue de chico muy tímido, de pocas palabras, aunque inquieto, y torpe, bastante torpe. No pasaba un día sin romper algo, acto que acompañaba con una veloz corrida hacia el fondo para evitar el “castigo” de su padre. Este deporte poco feliz de romper cosas, se profesionalizó en Hortensio al momento de empezar a crecer desmedidamente, para sorpresa de una familia de mediana estatura. A los doce años, ya alcanzaba el metro setenta y siete y era dificultoso para él desenvolverse en el interior de una casa no acondicionada para criaturas de su raza. Sus movimientos eran desiguales y cada giro brusco bastaba para llevarse por delante algún adorno de porcelana. 

Pero no sólo rompía objetos con facilidad sino que también se golpeaba y mucho. Para ello, Hortensio tenía una zona corporal preferida: la cabeza. Como si no se contentase con la redondez de su cráneo, Tomate pareció estar siempre decidido a moldearlo a golpes.

Su golpe de bautismo lo recibió a los cinco, cuando en un rapto de Supermanía, se paró en una mesita para emprender vuelo al Palacio de la Justicia, y terminó aterrizando con su frente. Mamá Dionisia aún guarda las fotos de su quinto aniversario que lo muestran “marcando tendencia” con un lomo de burro morado en el medio de la cara. El crecimiento prematuro potenciaría los golpes superiores, siendo su especialidad los marcos de las puertas de casas y medios de locomoción varios.

De todas maneras el porrazo más doloroso de Tomate fue un poco más abajo y varios años antes del mencionado estiramiento. Fue en un festejo infantil, cuando al querer manotear un globo que se hallaba arriba de un ropero, intentó un improductivo salto cuyo descenso encontró el peaje “Llave en la cerradura” a la altura de sus genitales….

Y si de golpes se trata, no se puede dejar de mencionar “los de puño”, aquellos que sobrevenían a las cargadas que comenzó a soportar ni bien empezó a interactuar con el mundo exterior. En la escuela por ejemplo, Hortensio siempre encontraba quien bromeara con su nombre. Y el aunque quería, no aguantaba... Y así terminaba, magullado, con el guardapolvo apto para “el desafío de la blancura” y de florero en la puerta de la dirección.

Así, a fuerza de golpes se abrió paso Hortensio. Pero a pesar de todas las vicisitudes por las que le tocó pasar, nunca recriminó a sus padres por tan condenable apelativo. Al contrario, nunca se atrevió a desobedecerlos. A su padre le tenía demasiado respeto, por no decir un miedo importante. Don Estanislao era un hombre corto de palabras pero amplio en cuanto a métodos de castigo. Su arma preferida era el cinto con una hebilla de delicada terminación traída de una casa de artesanías de Santiago del Estero, su provincia natal, que dejaba unos “tatuajes” bien fashion; luego le seguían distintos tipos de calzados, preferentemente con taco; y por último, si se le daba por improvisar, sus propias manos laboriosas. Por el contrario, con su mamá la relación era completamente edípica. Dionisia lo cuidaba como un bebé, pero un tanto en exceso, a punto tal que a los seis años Hortensio aún desayunaba chocolatada caliente en mamadera, recién un año después aprendió a ir al baño sin ayuda y a los doce a ducharse por su cuenta. ¿Si alguna vez se enojaba Dionisia con él? Muchas, pero a diferencia de su marido no tenía bien en claro cómo castigarlo, con lo que terminaba recurriendo a opiniones de las amigas de la peluquería del barrio, lugar de inspiración femenina por excelencia. Así el pobre Tomate debió soportar de la ducha con agua fría hasta arrodillarse sobre un papel de diario con sal gruesa…
(Próximamente, mucho más sobre la vida de Hortensio "Tomate" Pavone, el desafortunado personaje de Longchamps)